jueves, 1 de abril de 2010
Dí que sí.
-Di que sí.
-¿A que?-le había pillado con la guardia baja, y ella lo sabía. Levantó la vista del papel que estaba rasgando con sus carboncillos, intentando crear una imagen que le hiciera justicia a ese paisaje, alzó una ceja y ella sonrió.
-Solo di que sí. Solo son dos letras, you know, no es como si te estuviera pidiendo que recitaras el Quijote.
-Dime a que debo asentir, querida, y asentiré.
-No.
-¿De verdad pretendes que asienta a una incógnita vacía de un significado aparente?
-No, te pido que me digas que sí, a mí, porque necesito oírlo.
-Sí.
-Lo sabía, lo sabía-y tenía ese aspecto de niña ilusionada que hacía que sus ojos brillaran como las aceras después de llover, y él la amaba cada vez más, cada vez que sonreía, cada vez que daba leves saltitos de ilusión o se apartaba el pelo rizado de la cara.
-No es novedad, usted lo sabe todo, bella dama.
-Ya, pero oírlo de tus labios siempre es mejor, you know, una afirmación es mejor que cualquier suposición.
-¿Y que he afirmado?-la sonreía de vuelta, de esa manera que solo el sabía sonreír, ocultando mil palabras no dichas entre sus labios, y haciendo que sus ojos, esos que ocultaban mundos, brillasen.
-Que me quieres, y yo lo sabía, sabía que me querías...
-¿Y tuve que decir que sí para confirmar algo que, en teoría, mis ojos te habrán dicho hace mucho?
-Repito, dear, una afirmación es mejor que cualquier suposición.
-Lo sé. Ahora, si eres tan amable, ¿me dejarás acabar este dibujo en silencio?
-Por supuesto, me muero de ganas por verle terminado y pedirte que me le regales para colgarle en una pared de mi habitación y verle cada mañana, así cuando me despierte recibiré un poquito de esa magia que desprenden tus obras de arte.
-Pero ya tienes varias colgadas.
-Sí, pero ninguna desprende tanta magia como esa, estoy segura.
-Siempre dices lo mismo.
-Porque siempre es verdad, cada una desprende más magia que la anterior.
Y él solo sacudió la cabeza mientras volvía a su dibujo, ella tarareaba en voz baja una cancioncilla, el sol se ponía frente a ellos como en una despedida, una despedida de la abrumadora luz del día, dejando que la Luna dominara el cielo y las estrellas lejanas se asomaran para poder contemplar a ambos jóvenes como él llevaba tiempo haciendo en cada despedida, en cada saludo y en cada momento en el que ellos se sentaban ahí, a mirarle.
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